lunes, 15 de septiembre de 2008

Escocia - 1ª parte

Muy bonito todo. Un lugar perfecto para escapar (no te gusta el color verde, mejor que te busques otro sitio)

9 días he estado en Escocia junto a unos amigos. Ha sido un road-travel la mar de interesante. He visto muchos castillos (muchos también en ruinas) paisajes de ensueño, mogollón de lagos y ríos, asentamientos prehistóricos, acantilados, cascadas, mucha fauna local y hasta hemos subido y bajado tropecientasmil escaleras para acceder a algunos parajes. Por supuesto, también he conducido por la izquierda mogollón de millas y me he bebido veintitantas pintas.

Todo esto (así de resumido) ha sido el viaje que he realizado éste año para las vacaciones veraniegas. Os lo recomiendo. Es la mejor forma de conocer Escocia. No es muy grande (en extensión) y con un coche de alquiler se pueden hacer perfectamente unas rutas por las distintas provincias que conforman el territorio de Escocia. Para que nos entendamos, la parte más al norte de las islas británicas.

La tierra allí está, en el mes de Agosto, como decimos por aquí “hinchá de agua” El césped allí no lo riegan mucho, ya que raro es el día que no cae alguna chaparrá y que hace que todo se mantenga con un color verde precioso. En otoño, también debe ser precioso, pues los árboles de hoja caducifolia abundan por esas tierras, y las distintas tonalidades harían de por sí un espectáculo maravilloso. Tampoco hemos visto mucho el sol, que aparecía tímidamente entre algunos claros que se abrían entre las nubes. Algunas de las mejores fotos que he hecho (que me gusten a mí, claro está) son de este tipo. El sol iluminando parte del paisaje, mientras el resto de la escena está bajo la luz que se filtra a través de las nubes.

El primer día, nada más aterrizar en Edimburgo, y después de la primera odisea para hacernos con el coche de alquiler que ya habíamos reservado desde España, fuimos hacia Stirling. En esta localidad nos pillamos el “Explorer Pass”, ya que si se van a ver muchos monumentos históricos de Escocia, es la forma más barata para luego entrar sin tener que abonar la entrada, aunque eso sí, muchos de los más emblemáticos no entran en ésta entrada, y no queda más remedio que retratarse si se quiere entrar. En ésta localidad nos tomamos un café y subimos al castillo. Luego bajamos al centro a comer. Por la tarde fuimos al monumento a William Wallace, que no pudimos ver por dentro, ya que cerraban a esa hora. Un chip muy importante que se debe de cambiar si estás en Escocia es el tema de las comidas y los horarios de los monumentos y el comercio. Allí, la gente desayuna muy temprano (a las 9 ya es tarde para desayunar), comen cualquier cosa a mediodía (pero a mediodía de verdad, no vayas a las 2 y media a comer a un restaurante que te sueltan eso de que la cocina ya está cerrada) y a partir de las 5 de la tarde y hasta las 8 y media más o menos, sirven las cenas en los restaurantes y tabernas. Las tiendas las abren a las 9 más o menos y no las cierran a mediodía, pero a las 5 y media ya las han cerrado. Tan solo quedan abiertas las tiendas de souvenirs y algunos supermercados (en las ciudades grandes, porque en los pueblos pequeños, nasti de plasti)

Esa primera noche la pasaríamos en Dundee. La habitación que nos dieron a Ángel y a mi era una “double”, es decir, una con una cama de matrimonio muy chiquitaja, y nada más verla, salimos corriendo a recepción a ver si nos podían cambiar la habitación por otra con dos camas (“twins” que les llaman los simpáticos de los anglosajones) Menuda odisea también con las dos llaves que nos dieron para entrar al “Flat”. Al final tuvo que ir la mujer que limpiaba las habitaciones a enseñarnos que una de las llaves abría la puerta del pasillo y que la otra era para la habitación (y no veas los paseos que tuvimos que dar hasta encontrar el sitio) En el hotel había una boda, y casi todos los chicos iban con la falda escocesa. Las chicas, muy monas, con trajecitos de tirantes y más blancas que la teta de una monja. Eso sí, todas muy rubias y con los ojos claros. No veas cómo se cuecen los gachós. A las 9 de la noche los ves ya con unas melopeas de campeonato, pero claro, teniendo en cuenta que a las 12 les cierran los garitos (no fuimos a ningún “club” o discoteca), no me extraña que a esas horas la gente ya esté cenada y que hayan arramblado con medio bar.

Esa noche creo que no cenamos nada, ya que la comida había sido bastante copiosa, y al final decidimos no ir a cenar nada. Al día siguiente, por la mañana, nos aplicamos el típico desayuno inglés, a base de huevos fritos, beicon, y tostadas con mantequilla y mermelada, regado con zumo de naranja y café recolé (digo lo de recolé porque el café en las islas no tiene nada de especial. Lo hacen con agua caliente, a la que le echan café, y si lo quieres con leche, te ponen una jarrita al lado con leche fría para que te lo cortes al gusto) Yo no soy muy cafetero, pero mi amigo Ángel estaba al final del viaje harto del café que le ponían por allí, ya que hasta los “expressos”, que son los cafés que se han de pedir para que te lo hagan medio en condiciones no estaban ni de lejos como los de aquí.

Ese día le tocaba conducir a Inma, y lo primero que hicimos fue ir hacia el castillo de Glamis. Fue muy interesante, pero la mejor anécdota se produjo cuando después de oír durante más de una hora hablar a la guía, se me ocurrió decir que esa era la típica abuelilla inglesa que llevaba con la familia de los dueños del castillo toda la vida, cuando un poco más tarde, cuando ya nos íbamos, se dirigió a nosotros en castellano. Resulta que la “típica abuelilla inglesa” había nacido en Brasil, y que había vivido en Argentina, y que solamente llevaba 20 años en Gran Bretaña. La risa y el cachondeillo fue bastante evidente, claro.

Después de hacer unas cuantas fotos por el exterior del castillo y de ver los jardines, pusimos rumbo hacia el sur, a comer en Astruther, donde según una guía que se imprimió Ángel, hacían el mejor “Fish and Chips” de Escocia. Después de hacer un rato de cola en el sitio (que estaba petado de gente), cogimos unas cuantas raciones para “take away” (tomar fuera) y nos sentamos en el puerto a dar buena cuenta del pescado rebozado frito con patatas alargadas que toma la gente aquella. Después del ágape nos fuimos hacia San Andrews, y vimos la catedral en ruinas. Después de comprar agua para el viaje y algunas tonterías más para matar el hambre en la carretera (varios kilos de kitkats y CHUIS, además de EMANENS de chocolate y de cacahuete) volvimos a Dundee, a darnos un agua y salir a cenar. Cenamos en un restaurante italiano. Picaba todo. Tuvimos que pedir hasta una jarra con agua. Nos pusieron una jarra con agua del grifo y con una rodaja de limón inmensa dentro. El agua del grifo de todos los sitios en los que he estado en Escocia es buenísima, y aparte de que no tiene cal, está muy fresquita, siempre y cuando abras el grifo del agua fría, claro, porque el del agua caliente como te pases, en algunos sitios puedes salir escaldado como un pollo. Después de cenar, fuimos a tomarnos unas pintas. Era Sábado, pero a las 12 en punto, quitaron la música del bar y encendieron todas las luces. Era la señal de “no os estoy diciendo que os vayáis pero qué cohones hacéis aquí aún” Entendimos el mensaje, así que apuramos nuestras respectivas pintas, y volvimos al Hotel.

El Domingo día 24, después de desayunar, fuimos hacia el norte, desde Dundee, para ver el castillo de Dunnotar. Muy bonitas vistas, todo exterior, y que verde se mantiene el césped de los patios interiores. Muy buenas fotos hice aquí, ya que el día estaba nublado, pero había algunos claros que dejaban pasar el sol. Después de inflarnos a subir escaleras, ya que los cachondos de los escoceses hicieron el castillo en un saliente del litoral, a la que se accede mediante una escalera infernal de chorropotocientos escalones, seguimos rumbo hacia Crathes Castle en Aberdeenshire. No pagamos la entrada, para ver los jardines, así que echamos unas cuantas fotos y nos fuimos para Aberdeen, a comer algo. Comimos en un Burger King, y después de tomarnos un café malísimo en un restaurante que según decía su publicidad, era español, seguimos hacia el norte, por la ruta turística costera. Muy buenas vistas desde ésta carretera, aunque eso sí, también se ha de tener cuidado, porque aunque no son muy transitadas, de vez en cuando te encuentras alguna señal de “animales sueltos” y efectivamente, hay animales sueltos que te encuentras en las orillas de la carretera, como unas cuantas ovejas o vacas, y que no hace falta que les metas prisa, que no van a ir más deprisa para apartarse. Hay que ir con mucha calma y cuidado. Paramos a descansar en un pueblo al que no se podía acceder con el coche. Tuvimos que dejarlo a la entrada del pueblo, y visitar éste a pié. El pueblo (Crovie) se componía de una sola calle ajustada a la orilla del mar. Es precioso. Después de descansar un rato, seguimos hacia Cullen, donde repostamos el vehículo y descansamos un ratito en una pequeña loma donde iba la gente a merendar (o a tomar un picnic) y a ver la puesta de sol. De hecho, un lugareño nos dijo que si nos esperábamos unos 20 minutos veríamos una puesta de sol muy chula. No pudimos esperar, porque, aparte de que estaba nublado, teníamos aún un buen trecho hasta Inverness, que era nuestro destino aquel día para dormir, así que seguimos la marcha, sin poder detenernos en una de las muchas destilerías que había por el camino. Tampoco teníamos mucha curiosidad, la verdad, El Whisky no tiene secretos para nosotros a éstas alturas de la vida.

Ya estaba anocheciendo cuando llegamos a Inverness. El hotel era muy cuco, pero los suelos eran de madera, así que crujían al andar sobre ellos que daba gusto. Allí estaríamos dos noches, así que dejamos las maletas, y salimos para ir a tomar algo. Había división de opiniones, así que después de cruzar el puente varias veces, aparcar el coche y buscar algún sitio para cenar, nos decantamos por un McDonald’s. Inma fue la que pidió otra vez el Mc Pollo, así que el cachondeito fue esta vez para ella. Los del McDonald’s se empezaron a cachondear, e incluso se decían cosas a la oreja, así que tuvimos que soltarle, al menos yo, aquello de “y yo en la tuya por si las moscas”. Después de cenar, nos metimos en un garito donde tenían música en vivo, aunque a veces no sabías si estaban cantando o matando al gato. Nos aplicamos unas pintas (Ángel y Jose negras) e Inma y yo rubias y nos fuimos para el hotel, a darnos un agua y a dormir, que al día siguiente nos esperaba el lago Ness.