jueves, 10 de junio de 2010

Ahora ya lo sabéis...

Que les den. Ahora que ya había salido por la puerta del juzgado, con todas las causas que tenía pendientes convenientemente archivadas por alguien que le debía un favor, le importaba un bledo lo que gritaban contra él todas aquellas personas que ni siquiera se limitó a mirar tan solo un segundo. Solamente se dio cuenta de una mujer, que le miraba directamente, como si ella supiera lo que realmente había hecho, pero le daba igual. Simplemente lo hacía y lo seguiría haciendo porque podía. Hacía mucho tiempo que lo único que le motivaba era la codicia, que como todo el mundo sabe, nunca tiene bastante. No se dignó a mirar a la mujer que le miraba fijamente, pero se dio cuenta de ella. Ella estaba allí, siguiéndolo con la mirada, mientras se dirigía con la altivez que le caracterizaba hacia el interior del coche que le llevaría hasta el hotel donde había quedado para celebrar su vuelta a la normalidad. A la normalidad que para él era seguir robando, engañando, estafando, corrompiendo y dejando por el camino un montón de vidas rotas que, simplemente, le importaban una mierda.

Durante el trayecto hasta el hotel se acordó de repente de la mujer que le miraba al salir del juzgado. ¿Quién sería? Lo de porqué estaba allí era lo de menos, ya que seguramente era alguien a la que le había quitado todo. Curioso su oficio. Podía dejar en la indigencia a personas que no conocía y que curiosamente todas esas personas sí que habían terminado conociéndole a él. Todo por culpa del capullo de su difunto secretario. Cuando ordenó que lo liquidaran, ya que creía que iba a largarlo todo a la policía o a algún periodista, no pensó por un solo momento que se intentaría vengar desde la tumba. Casi lo llega a conseguir, pero que se joda el también.

Cuando entró en el vestíbulo del hotel, todas las miradas se dirigieron hacia él. No le extrañaba en absoluto. Su proceso con la justicia había tenido un seguimiento mediático, pero ahora ya podía volver a sentirse igual de poderoso que antes de destaparse todo el escándalo. Se rió de todos ellos entonces, se estaba riendo ahora y se seguiría riendo cuando muchas de esas personas estuvieran prácticamente muertas de hambre.

La sonrisa se le dibujó en su cara solamente un segundo. Pensó por un momento que todo lo que había hecho no era nada más que lo que hubiera hecho otro en su lugar. Mientras se cerraban las puertas del ascensor, siguió sonriendo, cuando de repente oyó un ruido sordo y una mancha de sangre en la puerta del ascensor. Ya no vio nada más. Oscuridad.

Al día siguiente, los periódicos y los medios de comunicación se desgañitaban en encontrar al asesino que había colocado una pistola automática, controlada a distancia mediante un sistema robotizado, en la parte de arriba de la caja del ascensor. No había huellas. Los expertos no pudieron encontrar nada. Las cintas de seguridad se habían borrado. Nadie se lo explicaba.

Un teléfono sonó en un despacho de un edificio apenas iluminado. La persona que estaba allí, parecía que estaba esperando que sonara de un momento a otro. Muy pocas personas sabían el número de teléfono que había que marcar para acceder directamente a él, pero sin embargo, sabía que iba a sonar. Lentamente cogió el auricular. No dijo nada. Esperó.

Al cabo de un momento lo oyó decir:

- Ahora ya lo sabes.

Y colgó.