sábado, 29 de agosto de 2009

Londres (I)


La ciudad más populosa de Europa me ha sorprendido gratamente en el viaje que este año he realizado por la capital del Reino Unido. Han sido 8 días muy intensos, en compañía de unos amigos, en los que si bien no se ha hecho todo lo que se podía hacer, más que nada debido a la falta de tiempo, y aunque al final del viaje estábamos un poco cansados, ninguno de nosotros nos queríamos volver, muy gustosamente nos habríamos quedado otro par de semanas más, así en el mismo plan.

Como el viaje era en plan conocer la ciudad y disfrutar de sus muchas facetas, el hotel no lo cogimos muy céntrico, pero para el tiempo que estuvimos en el hotel, con que estuviera limpio y se pudiera descansar, era más que suficiente. La verdad es que era un poco rollo estar en el metro casi media hora para llegar al centro, y otra media hora casi para volver, dependiendo de los transbordos que se tuvieran que hacer, pero gracias a las tarjetas TravelCard, la verdad es que es la forma más barata, rápida y sencilla de moverse por la ciudad, sobre todo si es la primera vez que vas. Me apunto para la próxima aprenderme alguna ruta de autobuses.
Aparte de los ya consabidos topicazos de los británicos, el tiempo nos acompañó estos días, lloviendo cuatro gotas una mañana y una tormenta por la tarde el día que estuvimos en Covent Garden. En algunos momentos del día parecía que se iba a poner a diluviar, e incluso otros hacía más calor del que yo personalmente esperaba, pero en general no me puedo quejar del tiempo que nos ha hecho.

Day One: El día de la salida fue un poco raro. Cuando llegó la hora de salir, no había pegado ojo en todo el día. Ni siquiera me pude echar la siesta veraniega. El calor ese día apretó como los demás, pero entre hacer la maleta, preparar los cacharros, etc., se me pasó el día y cuando dije de acostarme para descansar un rato, era casi la hora de levantarme para ponernos en camino. Curiosamente, al resto de integrantes del grupo le había pasado en mayor o menor medida lo mismo, por lo que salimos hacia Alicante alrededor de las 4 de la mañana del día 1 de Agosto de 2009, con la excitación de emprender un nuevo viaje hacia una ciudad en la que ninguno de nosotros había estado antes, pero sin haber descansado lo suficiente. Llegamos a Alicante, dejamos los coches en el aparcamiento del aeropuerto, facturamos las maletas y nos dispusimos a desayunar antes de pasar los controles de seguridad. Cuando ya estábamos en la cola para embarcar, Nieves se percató que no tenía el billete. En algún momento, a la hora de pasar los controles de seguridad, se había quedado en algún sitio el papelito. Efectivamente, así fue. Menos mal que lo pudieron recuperar, porque yo ya me veía viendo cómo despegaba el avión y nosotros en tierra. No íbamos a dejar a Nieves sola en Alicante. Al final estaba en un rodillo de la cinta transportadora por la que pasan los equipajes de mano.

El vuelo se nos hizo corto. Pasamos 2 horas y pico de cháchara, mirando por la ventana lo que se podía, y llegando a las islas británicas, pudimos apreciar el cambio en el paisaje que se hacía más evidente conforme el avión iba descendiendo. Del árido paisaje del sureste español, pasamos al verde de la campiña inglesa. Aterrizamos en Gatwick, pasamos los controles de aduana y estuvimos esperando bastante tiempo a que salieran nuestras maletas. Cuando las recogimos, fuimos a la terminal donde se encuentra el tren que nos llevaría a Londres desde Gatwick. Aquí compramos los billetes de tren (ida y vuelta, que salía más barato) y nos acogimos a la oferta del "4 for 2", es decir, pagamos dos billetes y viajan 4 personas. Como éramos 5, tuvimos que sacar otro billete de ida y vuelta más. También compramos las TravelCards para el transporte público de Londres. Antes de subirnos al tren, nos tomamos un refrigerio en el aeropuerto. Menos mal, porque el rato que vino después, fue bastante "extreme".
El viaje en tren desde Gatwick a la estación Victoria de Londres se hace en unos 30 minutos. No hay paradas, y el tren llega a los andenes 13 ó 14 de la estación. El plan era bastante sencillo: Con las travelCards, entrar en el metro y llegar hasta la estación de WestMinster, coger la línea Jubilee, y bajar en la estación de Canning Town. El hotel estaba a 300 metros de la estación. Aunque fuéramos con equipaje, solamente había que hacer un transbordo, y según había leído en algún foro de viajes, no había muchos problemas para moverse con equipaje por las distintas estaciones de metro.
Desde la estación Victoria, buscamos la entrada a la línea verde del metro. Primera sorpresa. Era Sábado, y la hora más o menos mediodía, y en la estación había una cantidad de gente bastante considerable. Vamos, que no estábamos solos, por lo que andar hacia las puertas automáticas donde se entraba a los andenes de las líneas de metro ya costaba un rato si no ibas cargado, así que imaginad lo que suponía con dos maletas como iba yo. Encima el idioma. Todo el año escuchando conversaciones y leyendo tochos en inglés, para llegar allí y no tener ni pajolera idea de cómo funciona el metro. Así que tuve que agudizar el ingenio, y saqué el plano del metro que previamente me imprimí en España. (Inside Jose's head) "A ver, estamos aquí y tenemos que ir hasta allí. Vale. Pero resulta que el tren este que viene por aquí va hasta WhiteChapel, y el final de la línea es la estación de Upmister, ¿Qué es lo que dice el colega por el altavoz?. Me parece que la línea está cortada en WhiteChapel. Uy, uy, uy..." Nos subimos en el metro, y nos bajamos en Westminster. Nos disponíamos a buscar la línea Jubilee, cuando nos dimos cuenta, de golpe y porrazo, que una cosa es la teoría, y otra muy distinta la práctica. La línea Jubilee, los fines de semana, está cerrada, por lo que lo que en principio iba a ser un solo transbordo, pasó a ser un "a ver cómo llegamos hasta la estación de Canning Town" Aprendimos a lo bestia, que en Londres existe un tren, similar al metro, pero que va por encima de la superficie y que no lleva conductor (es automático) llamado DLR (son las iniciales de "Docklands Light Railway" Esta línea llegaba también hasta la estación de Canning Town, por lo que deberíamos llegar a una estación donde tuviéramos enlace con esa línea. La estación en la que nos bajamos, Monument, tiene un enlace a la línea del DLR, pero hay que caminar un rato hasta llegar a la terminal. A estas alturas ya estábamos un poco cansados de subir y bajar escaleras con las maletas.
Cuando llegamos a la estación de Canning Town, después de equivocarnos de tren una vez más, que en vez de coger el que iba a Beckton ó Woolwich Arsenal, que son los dos que pasan por la estación de Canning Town, tomamos el que va hacia Lewisham. Tuvimos que bajar en la estación de West India Quay, y volver hacia Poplar, para tomar por fin el tren que nos llevaría a nuestro destino. Llegamos al hotel, cogimos las habitaciones y dejamos las maletas. Ni que decir tiene que estábamos ya hasta las narices de arrastrar las maletas por todas las estaciones y transbordos por los que habíamos pasado. Desde que habíamos llegado a la estación Victoria, hasta que por fin llegamos al hotel, habían pasado un par de horas, y era ya la hora de comer. Bajamos a buscar un sitio donde comer, pero en la zona del hotel no había ningún restaurante abierto a esas horas, por lo que al final, entramos en una tienda de la estación de metro, y compramos unos cuantos bocadillos preparados y unos refrescos y patatas fritas, y nos fuimos a nuestra habitación a dar buena cuenta de ellos. Después de comer, empezamos a caer en la cuenta de que estábamos bastante cansados. Las chicas se retiraron a sus aposentos, a echarse la siesta, y Ángel y yo nos quedamos en la nuestra. Ángel se quedó durmiendo enseguida. Yo me tumbé en la cama, y empecé a ver las rutas que podríamos hacer. Habíamos quedado en que más tarde decidiríamos lo que haríamos a continuación, pero que primero la gente quería descansar. Al rato de estar mirando los distintos planos y guías que teníamos, sentí que se me cerraban los párpados. Caray, que cansado estaba. Casi enseguida me quedé dormido. Una hora solamente. Me desperté y Ángel seguía durmiendo. El viaje de vuelta con las maletas lo haríamos en Taxi.
Todavía pasaría un buen rato hasta que la gente se empezó a remover, por lo que me entretuve viendo anochecer desde la ventana de la habitación. Después del ajetreo de todo el día, caí en la cuenta de que estábamos en Londres. El murmullo de la ciudad se hizo cada vez más perceptible conforme se ponía el Sol en el horizonte. El atardecer dibujó el cielo de un color anaranjado. No era un atardecer en la playa, pero me sentía bien.
Alrededor de las 8 y media salimos a cenar al restaurante italiano que teníamos a 50 metros del hotel. Después de pedir el consabido "Table for 5, please", nos pusieron en la parte de arriba del restaurante. Había mucha gente cenando, y también bastante jaleo. Para redondear la faena, saltó la alarma y estuvo sonando bastante tiempo hasta que la desconectaron. También hacía bastante frío (si tienen aire acondicionado, se pasan un poco) y le pedimos al camarero que lo quitara un poco. Nos hicieron caso, aunque al rato lo volvieron a poner. Cenamos muy bien. Los platos eran muy abundantes, e incluso alguien no se pudo terminar el plato... Yo me pedí un pollo a la cacciatora, y un par de pintas de cerveza (las primeras) El camarero también era inmigrante. Cruzamos algunas palabras gracias al fútbol español y a sus últimos éxitos con la selección. Al terminar de cenar (Nieves se fue antes), pagamos y nos volvimos al hotel. Decidimos que al día siguiente, después de desayunar, iríamos al museo británico, lo primero de todo, y después ya veríamos lo que se hacía. Quedamos para bajar a desayunar a las 8 de la mañana, y nos fuimos a dormir.
Day 2: El despertador sonó a las siete y media de la mañana. Se veía un día espléndido, y realmente había dormido bien, sin pasar calor. Bajamos a desayunar y aprendimos varias cosas del buffet del desayuno continental que tenía el hotel. No había leche caliente, pero en general no estaba mal, quizás faltaba algo de embutido y no había mucha variedad de zumos (manzana, tropical y naranja), pero había varias clases de pan para hacer tostadas, yogures y cereales.
Después de desayunar, nos dispusimos a comenzar, esta vez de verdad, nuestro viaje por Londres. Lo primero que hicimos fue ir hacia la estación del metro, claro. Como estuve mirando el plano la tarde y noche anterior, y la línea Jubilee tenía servicio ese Domingo, pero no en toda la línea, tomamos el metro desde Canning Town hasta Stratford, y una vez allí, cogeríamos la línea roja (Central Line) hasta la estación de Holborn, y aquí la línea Piccadilly, una parada más hasta Russell Square. Salimos de la estación, y buscamos la dirección para llegar hasta el British Museum. Después de cruzar un parque y bordear por el lado este el recinto del museo, nos encontramos por fin con la entrada de este museo, que alberga una colección de esculturas, objetos antiguos, momias, y demás vestigios de la actividad humana de todos los continentes y de todas las épocas. Estuvimos prácticamente toda la mañana en el museo. Personalmente, lo que más me impresionó fueron los sarcófagos egipcios, las momias y la piedra de Rosetta. Por supuesto, las salas dedicadas a las esculturas de Asiria y Grecia también. Después de tomarnos un agua, decidimos salir del museo e ir caminando por las calles de Londres hasta Piccadilly Circus.
Nuestro primer paseo por las calles de Londres fue desde la puerta del British Museum hasta la plaza de Piccadilly Circus, pasando por las calles que limitan con China Town. Comimos en un MacDonald's que estaba a un paso de Piccadilly, y después de comer, la típica hamburguesa con patatas que sirven en este tipo de locales, llegamos hasta la famosa plaza. Los ingleses tienen un dicho, para definir cuando algo es caótico o ruidoso, que hace referencia a esta plaza: "It's like Piccadilly Circus" (Es como Piccadilly Circus). Sin duda aciertan de pleno. Es una pequeña plaza, que ni siquiera llega a ser tal, ya que solamente es una esquina donde está la fuente de Eros y la famosa entrada al metro de Piccadilly, pero claro, están los carteles luminosos, al uso de Times Square de New York, y eso quieras que no le da bastante colorido. También están aquí algunas de las atracciones más turísticas de Londres, pero en plan centro comercial a lo bestia, y no nos iba mucho ese rollo. Aquí nos echamos unas fotos, y en vez de descansar, seguimos por la calle Regent Street y Waterloo Place, y giramos hacia la izquierda, buscando la famosa Trafalgar Square. Pelillos a la mar, que diría Nelson. Sin rencores. Bueno, pues en esta plaza, esa tarde de Domingo, había mogollón de gente, ya que se estaba celebrando un concurso, de las Steel Bands. Son bandas que tocan los tambores metálicos, muy típicos en algunos países caribeños, y que Jean Michel Jarre popularizó a principios de los años 90 con aquel tema "Calypso" de su álbum "Waiting for Cousteau". Estuvimos un rato escuchando algunas de estas bandas. El plan era descansar un rato, pero con la musiquilla tan pegadiza que tocaban, a mí por lo menos se me iban los pies... En esta plaza está la National Gallery, pero ese día no se podía visitar (estaba cerrada) Volveríamos unos días más tarde.
Queríamos descansar un rato, ya que habíamos estado de pié casi todo el día, menos el rato de comer, y buscamos un sitio para tomar algo. Nos metimos en un Sports café. Después de unas cuantas pintas, volvimos hasta la calle que lleva hasta Buckingham Palace, y fuimos paseando hasta la verja del palacio. Vimos que el próximo cambio de la guardia sería el Lunes por la mañana, y que se hacía cada dos días. Otras cuantas fotos, y entramos en el parque St. James. Fuimos paseando por este parque, en dirección sureste, admirando las vistas que desde aquí se podían apreciar. También pudimos observar cómo las ardillas, patos, y demás fauna que puebla este parque están más que acostumbrados a la gente. No salen corriendo cuando ven a alguien, y mucho menos si les das algo de comer, aunque hay carteles indicando que no se alimente a los animales.
Ya estaba poniéndose el sol, pero aún nos dio tiempo de llegar hasta la esquina de Parlamient Street, y ver desde cerca el famoso Big Ben. Cruzamos el puente de WestMinster hasta la mitad, más o menos, y también vimos desde aquí la noria del London Eye. Como habíamos andado bastante, empezamos a buscar un sitio para cenar, así que después de andar otro rato, nos metimos en un restaurante italiano que estaba al lado de Trafalgar Square. Me pedí una pizza calzone de atún, y vaya sorpresa cuando apareció el camarero con un plato que apenas cabía en la mesa. Menos mal que era todo aire. Por cierto, había mogollón de españoles esa noche cenando allí con nosotros...
Como el domingo el metro lo cierran a las 11 de la noche, nada más terminar de cenar, buscamos una parada. Las obras del metro nos jugaron una mala pasada el primer día, y esa noche, con lo cansados que estábamos, tuvimos que volver hasta Piccadilly a coger el metro. Después de varios trasbordos, llegamos por fin al hotel. Estábamos literalmente "reventáos", así que después de un agua, a la cama. Ángel se durmió enseguida, y yo me entretuve de nuevo con la guía para ver lo que íbamos a hacer al día siguiente. Habíamos quedado en ir a la Torre de Londres, e intentar andar menos que el día anterior. Pero eso sería al día siguiente...

jueves, 30 de julio de 2009

Mi canción del verano

...Y apredí y a vivir sin tí, y has vuelto ya, vienes de Orión, y llego yo y ahí estás tú con esa cara de tristón, debí cambiar ese candao, la llave te debí quitar, de saber que las pelotas, me vendrías a tocar... Marchate ya, vete de aquí...
-Frank, en Men In Black 2.

miércoles, 15 de julio de 2009

Viaje por Escocia (3ª parte y casi acabando)

Después de desayunar en el hotel King's Arms de Thurso, dejamos las habitaciones y cargamos las maletas en el coche. Ya no teníamos mucha esperanza de poder ir a las islas Orcadas, pero lo teníamos que intentar, así que nos fuimos directos hasta Jhon O'Groats. El Ferry se había ido ya cuando llegamos. Por poco tiempo, pero ya se había ido. Hacía mucho viento aquella mañana en este punto de las islas británicas, en las que había un cartel de esos que indican la distancia hasta los puntos más emblemáticos del globo. Nos echamos las consabidas fotos, y después de la visita a la tienda de reagalos, proseguimos el viaje. El plan era bordear la costa este de Escocia, bajando en dirección a Inverness, pero había que llegar hasta la isla de Skye, por lo que no nos podríamos entretener mucho por el camino, si no queríamos llegar tarde, claro.

La primera parada que hicimos fue para ver unos acantilados. El suelo estaba muy húmedo y resbaladizo, y a punto estuvimos de pillar una liebre más de uno. Siguiendo el camino, llegamos hasta Whaligoe Steps, que son unas escaleras excavadas en la piedra, que bajan hasta un embarcadero antaño utilizado por los contrabandistas. La subida fue lo peor. Si no tuvimos bastante unos días antes con las escaleras de las cataratas de Foyers, con estas escaleras acabamos "reventáos". No había muchas más cosas por ver en el camino que estábamos siguiendo, pero siguiendo las indicaciones de la guía que llevaba Inma, nos desviamos por una carretera para ver unas ruinas prehistóricas. Después de un rato, llegamos a un sitio que parecía un jardín, muy descuidado, en la que había piedras de forma regular. Era un antiguo emplazamiento funerario. Aquí fue donde vimos un perro pastor manejando un rebaño de ovejas. Daba gusto verlo. El dueño en el pick-up, y el perro agrupando las ovejas en medio de la pradera.

Proseguimos el viaje, bajando hacia el sur, y ahora la carretera discurría muy cerca de la orilla del mar. Se podían ver incluso focas (no humanas) cerca de la orilla, aunque no se veían bañistas en las playas. Iba conduciendo yo, pero en algunos momentos me imaginaba viviendo en aquellos parajes. Sería un buen sitio para comenzar de nuevo, si tuviera que hacerlo alguna vez. Después de un buen rato, llegamos hasta Brora, y paramos a comer. Al lado del puente sobre el rio, nos metimos en un "Bistrot". Yo me pedí un "Fish and Chips". No estaba mal del todo. Después de comer y descansar un rato, seguimos hasta el castillo de Dunrobin. Había que pagar y no nos apetecía ver castillos pagando ese día, ya que según la guía lo bonito de ese castillo eran los jardines tan cuidados que tiene, así que nos hicimos el longui, y simplemente nos fuimos dando una vuelta por los alrededores, y llegamos sin querer hasta la orilla del mar. Después de esta parada, y viendo que todavía faltaba un buen trecho hasta llegar a Skye, seguimos la marcha sin detenernos en ningún sitio. Fuimos por una carretera llena de passing places, hasta llegar a Strathcarron Railway Station, en Loch Carro. Nos tomamos un té y unas cervezas, en esta estación de tren tan pintoresca, y seguimos camino hasta el castillo de Eilean Donan Castle (el de la película de Los Inmortales, para entendernos). Ya estaba cerrado cuando llegamos, y solamente cruzamos el puente que sale en la película en la que el actor escocés Sean Connery también actúa, y ver el castillo por fuera. Las vistas eran espectaculares. De lo más bonito que vi en Escocia. Cuando ya estaba anocheciendo, llegamos hasta Kileakyn, cruzando el puente de la isla de Skye. Nos quedamos sin cenar, ya que llegamos tarde a la hora en la que la cocina estaba abierta. En un albergue cercano nos dieron dos platos que tenían hechos y que al final los que lo habían pedido se fueron antes de que se lo sirvieran. Un plato de macarrones con queso y una hamburguesa, a compartir entre cuatro. El sitio estaba bastante animado, ya que tenía pinta de albergue juvenil. Lo mejor, las vistas que había desde la habitación y la bañera que había en el hotel, que estaba muy bien, la verdad. Eso sí, la risa cuando me tuve que bañar era también de mirárselo. Creo que la última vez que me bañé de esa manera estaba mi madre conmigo. Para que nos entendamos: no había ducha, solamente bañera. Aún me rio cuando me acuerdo...

A la mañana siguiente, había un montón de españoles en el hotel, porque menudo escándalo que había en el comedor. Tuvimos que pedir el desayuno. Yo me tomé unos huevos y beicon, y unas tostadas. Ese día conducía Ángel. El plan era dar la vuelta a la isla de Skye. Subimos por el lado este, hasta Kilt Rock. Fotos en la cascada. Después seguimos camino hasta el museo cultural de la isla de Skye. Me gustó bastante, ya que se puede apreciar cómo se vivía en la isla, cuando era un lugar más habitado. Tienen objetos personales de las familias que habitaban allí, así como utensilios y aperos de labranza. Muy recomendable. También fuimos a la tumba de Flora MacDonald, que fue un personaje histórico que ayudó a uno de los bandos en una de las innumerables contiendas que ha habido en aquellas tierras. Paramos en un pueblo y compramos algo para comer en el camino. Yo me apliqué una StrongBow, y un par de sandwiches. No fuimos al Dunvegean Castle, pero recorrimos bastantes millas, por carreteras bastante chungas, hasta llegar a un pueblo llamado Elgol, que permitía admirar unas vistas magníficas de algunos picos de Escocia (el Black Cuillin). Estaba nublado, así que no vimos gran cosa, aunque tampoco estaba mal del todo. Después volvimos hasta Armadale, a coger el Ferry hasta Mallaig. Es un viaje de unos 40 minutos. Las vistas son muy bonitas. Dejamos la isla de Skye, con la promesa, al menos por mi parte, de volver algún día, a disfrutar del sol de medianoche.

Llegamos hasta Fort William, y cenamos en un restaurante italiano. Yo me pedí la pizza especial de la casa, que por cierto picaba bastante. Estaban ensayando las bandas militares, y se oía la música de los gaiteros. Ya había anochecido, y todavía no habíamos llegado al hotel, así que después de cenar, seguimos camino hasta Inchree, donde dormiríamos esa noche. Nos costó, a pesar del GPS, encontrar el sitio, pero después de algunos minutos llegamos por fin al B&B. Salimos a tomar un refrigerio en el bar del hotel, que por cierto era una especie de albergue de montañeros, ya que había hasta una estancia en el hotel para secar la ropa. Después de terminarnos las pintas, volvimos al hotel. Era ya bastante tarde, así que después de la ducha, nos fuimos a dormir. Al día siguiente llegaríamos por fin a Edimburgo, pero eso sería al día siguiente...

martes, 30 de junio de 2009

Escocia - 2ª parte

El B&B de Inverness, era más bien un hostal de carretera, pero eso sí, con cortinas muy cuquis y lámparas de mesita, y por supuesto moqueta sobre el suelo de madera. Bajamos a desayunar, y primera novedad, el desayuno no era como en casi todos los sitios, en los que uno mismo se sirve lo que quiere. En este establecimiento, la costumbre era pedir el desayuno, te lo preparaban y te lo servían en la mesa. Primero, por supuesto, te decían que si querías tostadas y café. El primer día, nos pedimos un "Full Breakfast" que llevaba lo típico: Morcilla inglesa, las habichuelillas estofadas, el tomate asado, el beicon y por supuesto el huevo revuelto. Ahí es nada. Alguno no se lo pudo acabar. A Angel no le gustó el café, como siempre, y a mí, después de echarle media libra de azúcar, me lo pude beber. Después de terminar el desayuno, montamos en el coche y nos dispusimos a ir hasta el Lago Ness. Inverness es una ciudad que está justo donde termina el Lago Ness y continúa el rio Ness, y hasta esta ciudad, llegan dos carreteras que recorren por el lado este y oeste todo el perímetro del lago. Desde Inverness, cogimos la carretera que recorre el lago por el lado oeste. Esa mañana estaba lloviendo, aunque un poco más tarde paró de llover y se quedó como el típico día escocés, es decir, nublado a ratos y con el sol asomándose de vez en cuando por entre las nubes.

Ese día, le tocaba conducir a Angel. Fuimos bordeando el lago Ness, viendo el famoso lago desde el coche, ya que la carretera discurre pegada a la orilla del lago. Algunas vistas son muy buenas, aunque mejor ir parando si se tiene tiempo para ver mejor el entorno. Desde la carretera hay muchos árboles que dificultan la visión constantemente. Al cabo de un rato llegamos hasta Drumnadotrich, donde está el centro de visitas del Lago Ness. Aquí nos hicimos la típica foto con una estatua que rememora el famoso monstruo, y contratamos un paseo por el lago. Al rato llegó la furgoneta que nos llevaría hasta el embarcadero. Tuvimos suerte, y en ese viaje solamente fuimos nosotros (y el que conducía el barco). No es muy caro (unas 10 libras por persona) y aparte de que te da el fresco (dependiendo del día hay que taparse bien las orejas) y que vas en un barco dando un paseo por el lago más nombrado del mundo, tienes las mejores vistas para hacer la foto al castillo de Urqhart, porque luego lo visitas y mejor te quedas con la vista exterior, porque por dentro no tiene gran cosa. Quizás la catapulta de la entrada.


El paseo dura más o menos unos 50 minutos, y te llevan de vuelta al "Visitor's Centre" del lago Ness. Desde aquí, después de la consabida visita a la tienda de regalos, nos fuimos hasta el castillo de Urqhart, y entramos a verlo. Lo teníamos incluido en el Explorer Pass que compramos el primer día en Stirling, así que entramos, porque si hubiéramos tenido que pagar, lo más seguro que hubiéramos pasado de largo. Había bastante gente en este castillo, y encima llovía a ratos, por lo que la gente se refugiaba donde podía. Estuvimos un rato dando vueltas por allí, viendo las vistas de las que disfrutaban los antiguos moradores de lo que ahora eran unas ruinas. Con encanto, sí, pero unas ruinas. El tiempo lo cura todo, pero no será a los castillos en Escocia.

Después de la visita, compramos algunos recuerdos en la tienda y salimos atacando, siguiendo la misma carretera, hasta llegar a Fort Augustus. Aquí paramos a comer, en un restaurante que estaba al lado justo del puente móvil que corta la carretera cuando tiene que pasar algún barco a través del Caledonian Canal. Comimos bastante bien. Un pedazo de trozo de carne vacuna a la parrilla que nos quedamos espatarrados. Después de comer, que por cierto llegamos justo dos minutos antes de que ya no admitieran más comensales, estuvimos un rato viendo cómo funcionaba el canal. Vimos subir algunas embarcaciones de recreo y también bajar alguna. La gente sentía también bastante curiosidad, porque os puedo asegurar que había aquí más gente que en el castillo de UrqHart esa misma mañana, además de un montón de autobuses por todos lados. Seguro que el pueblo de Fort Augustus está en más de una ruta turística. Nosotros llegamos aquí casi por casualidad, y simplemente paramos a comer porque era ya la hora.

Al rato, proseguimos el viaje de vuelta a Inverness, por la carretera del lado este. Paramos algunas veces a hacer las consabidas fotos, y nos dimos cuenta de que en las alturas, si no vas con la ropa adecuada, aun en un día aparentemente veraniego, puede llegar a hacer bastante fresquito. Yo no me había traído apenas nada de ropa de abrigo, por lo que tendría que comprarme alguna prenda de abrigo. Llegamos a una cataratas llamadas "The Falls of Foyers" (venga, a hacer la rima fácil) que mereció la pena por la vista tan bonita y el chorrón de agua que caía (un poco enrrobiná el agua) pero la virgen santa y el Santo Cristo del sahúco juntos de parranda que inflá a subir escaleras desde el mirador de las cataratas hasta donde habíamos dejado aparcado el coche.

Al llegar a Inverness, después de comprobar que en el reino unido se toman muy en serio lo de cerrar a las 5 y media de la tarde (no había abierto nada más que las tiendas de souvenirs y algún supermercado a las 7 de la tarde) nos dimos una vuelta por el "castillo" de Inverness, que es bastante curioso de visitar, al menos por su exterior, con unos jardines muy bonitos, y un reloj en una de las laderas que está sobre el mismo suelo. Aquí se pueden ver unas vistas muy bonitas del rio Ness, y de toda la ciudad. Esa noche hicimos picnic en la habitación del hotel. Compramos jamón de york, pan de molde y otras cuantas cosas y en la habitación de Inma y Jose nos aplicamos unos cuantos sandwiches. Al volver del supermercado, notamos como olía un poco a quemado en el coche, pero era que se había calentado un poco la caja de cambios. No le dimos más importancia, y nos fuimos a la cama, que al día siguiente había que salir atacando hasta Thurso, bordeando la parte más noroeste de Escocia.

Al día siguiente, el desayuno que me tomé fueron unos "eggs and bacon", que me parecieron de mejor pelaje que lo del día anterior. Un par de huevos fritos y unas lonchas de beicon. La felicidad estomacal instantánea. Ese día le tocaba conducir a Inma, pero antes de partir hacia Ullapool, que era la primera parada, pasamos por un centro comercial de Inverness y me compré una chaqueta de esas polares, y bien que me alegro de la compra que hice, ya que en los días sucesivos me vino muy bien en muchas ocasiones. En Ullapoll, antes de llegar al pueblo, hay un puente en el que se puede apreciar el puerto y la bahía de este pueblo pesquero. Nos echamos las consabidas fotos, y ni siquiera paramos en el pueblo. Seguimos viaje hasta Kylesku, que fue donde comimos. El sitio era anteriormente un sitio de paso hacia la parte del norte, pero ahora han hecho un puente que continúa la carretera, pero en el restaurante que hay allí, por cierto, recomendable al 100%, tiene bastantes fotos en sus paredes con escenas de los años en los que era un sitio más concurrido. Me comí un plato de pasta con una salsa marinera con mejillones que estaba de vicio. También nos pedimos unos cuantos langostinos a la plancha. Estaba todo buenísimo. En este restaurante descubrimos una nueva forma de pedir en Escocia. Primero ibas a la barra, pedías y después te lo servían en la mesa: "Place order in the bar". Aquí Inma protagonizó otro momento traducción, cuando un coche se paró a su lado cuando nos dirigíamos al restaurante, y le preguntaron en inglés unos españoles. Después de comer, y de admirar las vistas que desde aquí se podían ver, seguimos camino. Parábamos cada poco tiempo, porque aunque no estaba soleado, las vistas eran espléndidas. A mí personalmente me sobrecogía la fuerza del paisaje. Verde hasta las cimas de la montañas, como si hubieran sembrado césped hasta en la misma cumbre. Llegamos hasta un pueblo llamado Durness, que curiosamente, tiene una playa bastante famosa, pero no paramos aquí. Donde sí que paramos fue en la Smoo Cave. Esta cueva, a la que se accede después de bajar unas cuantas escaleras, y que luego hay que subir otra vez, es bastante curiosa de ver. Dentro de la cueva, hay un rio subterráneo, pero no estaba muy iluminado y no se veía bien. Fresco se estaba un rato. Al salir, y empezar a subir las escaleras, nos dimos cuenta que en la falda de la ladera de enfrente la gente se había entretenido poniendo su nombre con las piedras del lugar, y en esto que vemos a un gachó que estaba subiendo no por las escaleras que había en ese lado, sino escalando en plan cabra montesa por entre las piedras de los nombres. Con las cámaras en la mano a punto de disparar, y esperando que de un momento a otro se esmorrara contra las piedras, no pudimos más que estallar en júbilo cuando por fin llegó a la cima de la ladera, y exclamamos un ¡Macho ahí! que provocó que se diera cuenta de nuestra presencia. Curiosamente, había una pareja de españoles también con nosotros esperando a ver si también se caía. Al final no pudo ser y no nos pudimos presentar a los videos de primera.

Después de esta parada, y como ya se estaba haciendo tarde, proseguimos viaje hasta Thurso, bordeando los lagos y la costa norte de Escocia. Parecía que estaba más cerca en el mapa, pero llegamos ya de noche a este pueblo, que cogimos así a ojo para al día siguiente ir hacia las islas Orcadas, pero cuál fue nuestra sorpresa cuando, después de llegar al hotel y hablar con la recepcionista, que por cierto fue muy amable pero que nos tuvimos que apañar en inglés para hacernos entender, llegar a la conclusión de que tendríamos que haber reservado 2 noches de hotel en Thurso para haber podido ir a las Orcadas. También tuvimos que cambiar de double a twins como en Dundee, faltaría más.

Como ya era muy tarde, salimos a ver si había algo abierto para cenar, y nos metimos en una hamburguesería. Nos pillamos una hamburguesas, patatas y refrescos y después de dar una vuelta (no había mucha gente por la noche allí) nos fuimos a dormir, ya que prácticamente habíamos estado en el coche todo el día y la verdad, estábamos bastante cansados. Así que nos dimos un agua y a la cama. Al día siguiente me tocaba conducir a mí, y el plan era irse lo más temprano posible para ver si podíamos coger el Ferry que salía de Jhon O'groats, que está en la punta este del norte de Escocia. Pero eso sería al día siguiente.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Escocia - 1ª parte

Muy bonito todo. Un lugar perfecto para escapar (no te gusta el color verde, mejor que te busques otro sitio)

9 días he estado en Escocia junto a unos amigos. Ha sido un road-travel la mar de interesante. He visto muchos castillos (muchos también en ruinas) paisajes de ensueño, mogollón de lagos y ríos, asentamientos prehistóricos, acantilados, cascadas, mucha fauna local y hasta hemos subido y bajado tropecientasmil escaleras para acceder a algunos parajes. Por supuesto, también he conducido por la izquierda mogollón de millas y me he bebido veintitantas pintas.

Todo esto (así de resumido) ha sido el viaje que he realizado éste año para las vacaciones veraniegas. Os lo recomiendo. Es la mejor forma de conocer Escocia. No es muy grande (en extensión) y con un coche de alquiler se pueden hacer perfectamente unas rutas por las distintas provincias que conforman el territorio de Escocia. Para que nos entendamos, la parte más al norte de las islas británicas.

La tierra allí está, en el mes de Agosto, como decimos por aquí “hinchá de agua” El césped allí no lo riegan mucho, ya que raro es el día que no cae alguna chaparrá y que hace que todo se mantenga con un color verde precioso. En otoño, también debe ser precioso, pues los árboles de hoja caducifolia abundan por esas tierras, y las distintas tonalidades harían de por sí un espectáculo maravilloso. Tampoco hemos visto mucho el sol, que aparecía tímidamente entre algunos claros que se abrían entre las nubes. Algunas de las mejores fotos que he hecho (que me gusten a mí, claro está) son de este tipo. El sol iluminando parte del paisaje, mientras el resto de la escena está bajo la luz que se filtra a través de las nubes.

El primer día, nada más aterrizar en Edimburgo, y después de la primera odisea para hacernos con el coche de alquiler que ya habíamos reservado desde España, fuimos hacia Stirling. En esta localidad nos pillamos el “Explorer Pass”, ya que si se van a ver muchos monumentos históricos de Escocia, es la forma más barata para luego entrar sin tener que abonar la entrada, aunque eso sí, muchos de los más emblemáticos no entran en ésta entrada, y no queda más remedio que retratarse si se quiere entrar. En ésta localidad nos tomamos un café y subimos al castillo. Luego bajamos al centro a comer. Por la tarde fuimos al monumento a William Wallace, que no pudimos ver por dentro, ya que cerraban a esa hora. Un chip muy importante que se debe de cambiar si estás en Escocia es el tema de las comidas y los horarios de los monumentos y el comercio. Allí, la gente desayuna muy temprano (a las 9 ya es tarde para desayunar), comen cualquier cosa a mediodía (pero a mediodía de verdad, no vayas a las 2 y media a comer a un restaurante que te sueltan eso de que la cocina ya está cerrada) y a partir de las 5 de la tarde y hasta las 8 y media más o menos, sirven las cenas en los restaurantes y tabernas. Las tiendas las abren a las 9 más o menos y no las cierran a mediodía, pero a las 5 y media ya las han cerrado. Tan solo quedan abiertas las tiendas de souvenirs y algunos supermercados (en las ciudades grandes, porque en los pueblos pequeños, nasti de plasti)

Esa primera noche la pasaríamos en Dundee. La habitación que nos dieron a Ángel y a mi era una “double”, es decir, una con una cama de matrimonio muy chiquitaja, y nada más verla, salimos corriendo a recepción a ver si nos podían cambiar la habitación por otra con dos camas (“twins” que les llaman los simpáticos de los anglosajones) Menuda odisea también con las dos llaves que nos dieron para entrar al “Flat”. Al final tuvo que ir la mujer que limpiaba las habitaciones a enseñarnos que una de las llaves abría la puerta del pasillo y que la otra era para la habitación (y no veas los paseos que tuvimos que dar hasta encontrar el sitio) En el hotel había una boda, y casi todos los chicos iban con la falda escocesa. Las chicas, muy monas, con trajecitos de tirantes y más blancas que la teta de una monja. Eso sí, todas muy rubias y con los ojos claros. No veas cómo se cuecen los gachós. A las 9 de la noche los ves ya con unas melopeas de campeonato, pero claro, teniendo en cuenta que a las 12 les cierran los garitos (no fuimos a ningún “club” o discoteca), no me extraña que a esas horas la gente ya esté cenada y que hayan arramblado con medio bar.

Esa noche creo que no cenamos nada, ya que la comida había sido bastante copiosa, y al final decidimos no ir a cenar nada. Al día siguiente, por la mañana, nos aplicamos el típico desayuno inglés, a base de huevos fritos, beicon, y tostadas con mantequilla y mermelada, regado con zumo de naranja y café recolé (digo lo de recolé porque el café en las islas no tiene nada de especial. Lo hacen con agua caliente, a la que le echan café, y si lo quieres con leche, te ponen una jarrita al lado con leche fría para que te lo cortes al gusto) Yo no soy muy cafetero, pero mi amigo Ángel estaba al final del viaje harto del café que le ponían por allí, ya que hasta los “expressos”, que son los cafés que se han de pedir para que te lo hagan medio en condiciones no estaban ni de lejos como los de aquí.

Ese día le tocaba conducir a Inma, y lo primero que hicimos fue ir hacia el castillo de Glamis. Fue muy interesante, pero la mejor anécdota se produjo cuando después de oír durante más de una hora hablar a la guía, se me ocurrió decir que esa era la típica abuelilla inglesa que llevaba con la familia de los dueños del castillo toda la vida, cuando un poco más tarde, cuando ya nos íbamos, se dirigió a nosotros en castellano. Resulta que la “típica abuelilla inglesa” había nacido en Brasil, y que había vivido en Argentina, y que solamente llevaba 20 años en Gran Bretaña. La risa y el cachondeillo fue bastante evidente, claro.

Después de hacer unas cuantas fotos por el exterior del castillo y de ver los jardines, pusimos rumbo hacia el sur, a comer en Astruther, donde según una guía que se imprimió Ángel, hacían el mejor “Fish and Chips” de Escocia. Después de hacer un rato de cola en el sitio (que estaba petado de gente), cogimos unas cuantas raciones para “take away” (tomar fuera) y nos sentamos en el puerto a dar buena cuenta del pescado rebozado frito con patatas alargadas que toma la gente aquella. Después del ágape nos fuimos hacia San Andrews, y vimos la catedral en ruinas. Después de comprar agua para el viaje y algunas tonterías más para matar el hambre en la carretera (varios kilos de kitkats y CHUIS, además de EMANENS de chocolate y de cacahuete) volvimos a Dundee, a darnos un agua y salir a cenar. Cenamos en un restaurante italiano. Picaba todo. Tuvimos que pedir hasta una jarra con agua. Nos pusieron una jarra con agua del grifo y con una rodaja de limón inmensa dentro. El agua del grifo de todos los sitios en los que he estado en Escocia es buenísima, y aparte de que no tiene cal, está muy fresquita, siempre y cuando abras el grifo del agua fría, claro, porque el del agua caliente como te pases, en algunos sitios puedes salir escaldado como un pollo. Después de cenar, fuimos a tomarnos unas pintas. Era Sábado, pero a las 12 en punto, quitaron la música del bar y encendieron todas las luces. Era la señal de “no os estoy diciendo que os vayáis pero qué cohones hacéis aquí aún” Entendimos el mensaje, así que apuramos nuestras respectivas pintas, y volvimos al Hotel.

El Domingo día 24, después de desayunar, fuimos hacia el norte, desde Dundee, para ver el castillo de Dunnotar. Muy bonitas vistas, todo exterior, y que verde se mantiene el césped de los patios interiores. Muy buenas fotos hice aquí, ya que el día estaba nublado, pero había algunos claros que dejaban pasar el sol. Después de inflarnos a subir escaleras, ya que los cachondos de los escoceses hicieron el castillo en un saliente del litoral, a la que se accede mediante una escalera infernal de chorropotocientos escalones, seguimos rumbo hacia Crathes Castle en Aberdeenshire. No pagamos la entrada, para ver los jardines, así que echamos unas cuantas fotos y nos fuimos para Aberdeen, a comer algo. Comimos en un Burger King, y después de tomarnos un café malísimo en un restaurante que según decía su publicidad, era español, seguimos hacia el norte, por la ruta turística costera. Muy buenas vistas desde ésta carretera, aunque eso sí, también se ha de tener cuidado, porque aunque no son muy transitadas, de vez en cuando te encuentras alguna señal de “animales sueltos” y efectivamente, hay animales sueltos que te encuentras en las orillas de la carretera, como unas cuantas ovejas o vacas, y que no hace falta que les metas prisa, que no van a ir más deprisa para apartarse. Hay que ir con mucha calma y cuidado. Paramos a descansar en un pueblo al que no se podía acceder con el coche. Tuvimos que dejarlo a la entrada del pueblo, y visitar éste a pié. El pueblo (Crovie) se componía de una sola calle ajustada a la orilla del mar. Es precioso. Después de descansar un rato, seguimos hacia Cullen, donde repostamos el vehículo y descansamos un ratito en una pequeña loma donde iba la gente a merendar (o a tomar un picnic) y a ver la puesta de sol. De hecho, un lugareño nos dijo que si nos esperábamos unos 20 minutos veríamos una puesta de sol muy chula. No pudimos esperar, porque, aparte de que estaba nublado, teníamos aún un buen trecho hasta Inverness, que era nuestro destino aquel día para dormir, así que seguimos la marcha, sin poder detenernos en una de las muchas destilerías que había por el camino. Tampoco teníamos mucha curiosidad, la verdad, El Whisky no tiene secretos para nosotros a éstas alturas de la vida.

Ya estaba anocheciendo cuando llegamos a Inverness. El hotel era muy cuco, pero los suelos eran de madera, así que crujían al andar sobre ellos que daba gusto. Allí estaríamos dos noches, así que dejamos las maletas, y salimos para ir a tomar algo. Había división de opiniones, así que después de cruzar el puente varias veces, aparcar el coche y buscar algún sitio para cenar, nos decantamos por un McDonald’s. Inma fue la que pidió otra vez el Mc Pollo, así que el cachondeito fue esta vez para ella. Los del McDonald’s se empezaron a cachondear, e incluso se decían cosas a la oreja, así que tuvimos que soltarle, al menos yo, aquello de “y yo en la tuya por si las moscas”. Después de cenar, nos metimos en un garito donde tenían música en vivo, aunque a veces no sabías si estaban cantando o matando al gato. Nos aplicamos unas pintas (Ángel y Jose negras) e Inma y yo rubias y nos fuimos para el hotel, a darnos un agua y a dormir, que al día siguiente nos esperaba el lago Ness.